Para agrupar contenidos, este blog continúa a partir de ahora en NEORRABIOSO (AQUÍ)
.
.
Lo único que no perdió hasta el final fue su capacidad conversadora, y se dice que dirigía las reuniones y las cenas con el mismo firmísimo pulso y variadísimo anecdotario que durante sus años de mayor gloria en Londres, los años en que fue dramaturgo. No era sólo que tuviera infinitas ocurrencias, inventara juegos de palabras inverosímiles y lanzara máximas a cual más brillante, sino que al parecer contaba extraordinariamente, mucho mejor de lo que hiciera por escrito nunca. En cualquier ocasión mundana era él quien hablaba, casi el único que hablaba, lo cual no impedía, sin embargo, que cuando se hallaba a solas con alguien, ese alguien tuviera la sensación de no haber sido jamás escuchado con mayor atención, interés y piedad, si esto último le hacía falta. Bien es verdad que en sus retruécanos se lo acusaba a menudo de plagio: tal cosa la había dicho antes Pater, tal otra Whistler, tal otra Shaw. Sin duda era así en muchos casos (sobre todo copió del pintor Whistler, a quien primero reverenció y con quien luego se enemistó), pero lo cierto es que las ingeniosidades, pertenecieran en su origen a quien pertenecieran, se hacían célebres sólo tras pasar por sus labios.
Y empezó nuestra vida francesa, muy mal. Al principio carecíamos de todo. Yo estaba con una avitaminosis tremenda de comer siempre lentejas. Sentía unos picores en el cuerpo horribles, y sólo me agradaba que me convidaran al cine para poder rascarme cuando llegaba la oscuridad. La primera persona que nos metió en su casa, porque no teníamos auténticamente nada, fue Georges Sadoul, aquel crítico de cine, que era un chico estupendo. No le dije que tenía la sarna, porque entonces no me admite. Por fin fui al médico, que me dijo enseguida: "¡Si tú no tienes sarna!, lo que tienes es una avitaminosis peligrosa y debes comer mucho." "Pues necesito alguien que me dé dinero", le dije yo. Empezaron a funcionar las cosas del Socorro, lo mismo el de la República que el de los franceses, y en fin, eso se me quitó en cuanto comí.
La polvareda levantada por El Jueves tras la publicación de una caricatura en la que los Príncipes de Asturias practicaban sexo es relativamente nueva; sin embargo, Isabel II, la tatarabuela del actual monarca, ya sufrió en sus propias carnes la ironía de las acuarelas del siglo XIX, cosidas a las manos de los hermanos Bécquer.
A Parra la vida lo ha golpeado con fuerza, incluso en sus relaciones amorosas entre las que se cuentan tres matrimonios. No hace mucho vivió con una muchacha hermosa, mucho más joven que él. Un buen día le dijo que se iba. Y por la ventana le fue haciendo señas, mientras partía del brazo de otro. Me han puesto el gorro hasta el mentón, dice, aunque también a él le ha tocado estar del otro lado.
Mientras tanto, su prestigio y su fama crecían en París, donde se convertía en una leyenda viva que todo el mundo creía muerta. Un día se le inflamó una rodilla, y ese fue el comienzo de la enfermedad que lo llevó a la tumba, un carcinoma que le hizo peregrinar, con terribles sufrimientos, desde el desierto hasta un hospital de Marsella. Se le amputó la pierna, caminó con muletas, ansiaba una pierna ortopédica. Pero la enfermedad avanzó inmovilizándole todos los miembros, "como ramas secas de un árbol que todavía no ha muerto por completo", según el limpio símil de su biógrafa Starkie. Tomaba té de adormideras y contaba historias lejanas a los vecinos. Un día antes de su muerte dictó, semiinconsciente, una carta a su hermana Isabelle, dirigida a una compañía naviera: "Me hallo enteramente paralizado y desearía por ello subir pronto a bordo. Tengan a bien comunicarme a qué hora se me podrá embarcar". El 10 de noviembre de 1891, murió sin haber cumplido los treinta y siete. Lo enterraron en su detestada aldea natal, Charleville, sin ningún discurso. Cuando, ya muy enfermo, un conocido le habló de su poesía y de literatura, Rimbaud contestó con un gesto de desagrado: "Qué más da todo eso. Mierda para la poesía". La idea no era nueva en él, ni producto de la agonía. Muchos años antes, en el borrador de Una temporada en el infierno, había anotado: "Ahora puedo decir que el arte es una tontería". Quizá dejó de escribir tan sólo por eso.
Todo lo ridículo esconde un gran poso poético. No hay en la Historia de la Literatura un personaje más ridículo que Fernando Pessoa: oficinista tedioso, borrachín secreto, virgen al límite, tímido exacerbado y, cíclope absoluto, a la hora de dedicarse por entero al martirologio de las letras. Un hombre un tanto ridículo, vestido con sombrero, con gafas redondas, algo afeminado, bigotillo cursi, siempre muy solo en bares tristes, en tabernas con dos parroquianos a lo sumo sentados en las mesas colindantes, rellenando un folio tras otro, componiendo un verso tras otro, pidiendo otro vino, comenzando un nuevo folio, sin vacaciones, sin estrés, sin otra vida más que la soledad y la taberna, la casa sin eco y la oficina repugnante, sin grandes amigos, sólo con el folio como compañero, con el vino verde comon interlocutor, con la tristeza o el deseo sexual impregnados para siempre en el alma, sin darles el debido curso, conformando todo un personaje ridículo (no lo niego) pero un gran genio de la literatura.
Algo había encarnado en aquel vaso que durante años me había protegido y me había librado de todos los peligros: enfermedades terribles, caídas de árboles, persecuciones, prisiones, disparos en medio de la noche, pérdida en medio del mar, ataques por pandillas de delincuentes armados en Nueva York en varias ocasiones. Una vez fui asaltado en medio del Central Park; unos jóvenes me registraron, con una pistola apuntándome la cabeza, para sólo encontrar cinco dólares ; me manosearon tanto mientras me registraban, que terminamos haciendo el amor y, al final, yo les pedí por favor que me dieran un dólar para regresar a mi casa y me lo dieron. Ahora, toda aquella gracia que me había salvado de tantas calamidades parecía terminar.
Claudio Rodríguez nos contó infinidad de anécdotas, sobre todo de Blas de Otero, que era un poeta al que quería fraternalmente. Recuerdo una de ellas. Blas de Otero y él coincidieron en un bar con un camarero aficionado a la poesía. Desconocía quiénes eran, y empezó a hablarles de su secreta afición. Muy pronto, los tres se turnaban en el recitado de los poetas clásicos, San Juan, Lope de Vega, Garcilaso, Quevedo... Pero, de pronto, el camarero interrumpió el flujo de los versos para decirles que en su opinión el único poeta actual que se les podía comparar era Blas de Otero. Y se puso a recitarles varios de sus poemas, que se conocía de memoria. Claudio Rodríguez, entusiasmado, iba a decirle que su admirado poeta estaba enfrente de él, pero Blas de Otero se lo impidió. Aún más, pagó la cuenta a toda prisa y le arrastró sin darle tiempo a protestar fuera del bar. "No he conocido a un poeta más vergonzoso que él", concluyó con una sonrisa triste.
Hay una carta de Carlos Baudelaire a monsieur Armando Fraisse, redactor de Salut Public, de Lyon, en la que cuenta cómo fue este encontronazo decisivo de su pensamiento y en su vida: "Le contaré algo increíble -dice-. En 1846-1847, tuve ocasión de leer algunos fragmentos de Poe, y experimenté una emoción singularísima. Como sus obras completas no se publicaron hasta después de su muerte, tuve la paciencia de intimar con cuantos americanos vivían en París y pude, para que me dejasen cuantos periódicos y noticias tuvieran sobre él y hubieran sido dirigidos por Poe. Y entonces, créame usted si quiere, encontré poemas y novelas que yo mismo había imaginado, pero de un modo vago, confuso, mientras Poe las había desarrollado de un modo magistral."
Después he conocido a Ungaretti, que es un viejo, con muchos años ya, pero muy juvenil de espíritu, aunque muy envejecido. Tiene ochenta años, pero está muy envejecido, porque el canon que yo tengo para comparar es Picasso, que va a cumplir ochenta y ocho años y, sin embargo, es una maravilla física, y mental no digamos. Ungaretti, que tiene como te digo ochenta años y a quien hace cinco que conozco, es un hombre físicamente muy vencido, uno de esos viejos como para llevar báculo, pero con un espíritu extraordinario y una fuerza física muy grande. Es un hombre que de pronto se va a América y hace seis meses de conferencias, tres meses sobre Leopardi, cosas así. Es muy gracioso, muy enamoradizo. Siempre va con chicas muy jóvenes, no sé qué hará, pero la cuestión es que va, muy ufano de presentarlas. Ahora, al cumplir los ochenta años, le hice una estrofa y, al encontrármelo, me dio un beso. Siempre que nos vemos nos divertimos mucho y yo le llamo "viejo Anacreonte".
Aunque el mentor intelectual de aquella empresa poética fuera Celaya, el motor fue sin duda Amparo Gastón, sellando desde entonces sus vidas, en lo personal y en lo intelectual. Amparo procedía de una familia de militancia comunista, que había padecido las consecuencias de la Guerra Civil, e influyó sin duda en la toma de conciencia de aquella realidad por Celaya, ingeniero gerente de una empresa familiar. En 1956 ambos decidieron trasladarse a Madrid, para abrir el horizonte de la carrera literaria de Gabriel, aunque había razones personales y ambientales que aconsejaban el traslado, si bien su relación con San Sebastián se mantuvo permanentemente.